Ana Peleteiro: «Puedo ser conocida, pero no soy ni más ni menos que el que me sirve el café o el director del banco»

Ana Peleteiro: «Puedo ser conocida, pero no soy ni más ni menos que el que me sirve el café o el director del banco»

Ana Peleteiro Brión (Riveira, 1995) es una de las deportistas españolas más carismáticas del momento. Su bronce en Tokio 2020, después de quedarse fuera en Rio 2016, es de momento su techo deportivo, pero tiene claro que su buena amiga Yulimar Rojas, que ganó el oro, es el rival a batir.

Ella misma se define como “medallista olímpica” que hace triple salto y “de vez en cuando un poco el bobo en la tele y en redes sociales”. Quien tenga Instagram o TikTok, según acabe de leer esta entrevista, que vaya a sus perfiles donde muestra su sentido del humor y del espectáculo. Un carisma que, además, le convierte en rostro de multitud de campañas y marcas, algunas de ellas solidarias como la Global Energy Race (GER) junto al Grupo Bimbo. Esta iniciativa solidaria donó casi 360.000 rebanadas de pan a la Federación Española de Banco de Alimentos.

Esta risueña atleta hoy vive su momento dulce, pero pasó por días duros y la palabra depresión apareció en su vida hace no tanto. Su familia, su gente de siempre (entre los que está el también medallista Ray Zapata, plata en gimnasia de Tokio 2020), su coach, su entrenador Iván PedrosoEl fenómeno ‘Ana Peleteiro’ se ha construido gracias a muchos pilares. 

Igual hay alguien que lleva varios meses en una cueva en un planeta lejano y no sabe quién es Ana Peleteiro, así que preséntese, por favor.

(Risas) ¡LOL! Hoy en día hasta yo misma me aburro, pero me presento que igual hay gente que pasa de teléfonos, teles, periódicos y movidas y es lo mejor que hacen, y no tienen ni idea de quién soy. Lo admiro, yo también lo haría. Si no fuese yo misma, pasaría de mi cara (risas). Soy Ana Peleteiro, antes no podía decir ni que era olímpica y ahora puedo decir que soy medallista olímpica y me dedico a hacer triple salto y de vez en cuando a hacer un poco el bobo en la tele y en redes sociales.

Han pasado tres meses desde la medalla y posiblemente le ha cambiado la vida. ¿Lo ha digerido ya?

Sí, claro, los Juegos Olímpicos estuvieron genial y fueron posiblemente el mejor momento de mi vida, pero una vez que salí de Tokio, a mi lo de la medalla se me olvidó. Ya estoy pensando en el siguiente objetivo. Si algo aprendí de Iván (Pedroso, excampeón mundial y oro olímpico en Sydney 2000 de salto de longitud, y su actual entrenador) es no ser conformista. Y si con 25 años he tenido la suerte de poder conquistar mi primera medalla olímpica, eso tiene que darme más fuerzas y ganas de seguir luchando para que no sea la única de mi carrera, no quedarme ahí. 

Después de Barcelona 2012, cuando fui campeona del mundo junior, pasé por cuatro años de sequía por esa razón, por el conformismo. Y en ese sentido he cambiado muchísimo, no me conformo con nada y menos con un tercer puesto cuando aún hay dos medallas más por encima. Sería absurdo creerme algo cuando no es realidad, no soy la mejor. Tengo que seguir trabajando para que llegue ese momento en mi vida de ser la mejor en algo

«No me conformo con nada y menos con un tercer puesto cuando aún hay dos medallas más por encima»

¿Hasta qué punto fue un antes y un después empezar a trabajar con Iván Pedroso?

Desde que lo conocí, sabía que iba a ser mi entrenador. Pero yo era joven y no me atrevía a dar el paso, mudarme a Guadalajara… Salir de mi zona de confort me costó, pero aposté por este deporte al final. Empezó siendo mi hobby, luego mi pasatiempo donde ganaba un poco de dinero y a día de hoy es mi trabajo al 100%. Todo lo que tengo es gracias al atletismo

Cuando di el paso, lo tuve clarísimo: mi objetivo no era ir a Guadalajara para ser una más, sino ir a dejarme la piel y eso me traería unas cosas buenas y otras malas. Sabía que iba a ser muy difícil, con mucho sacrificio. Y sí, cuando Iván llegó a mi vida, mi vida cambió por completo porque yo cambié por completo mi forma de ver la vida. Los grandes cambios no dependen de una sola persona, sino de varios factores y de uno mismo. Yo tenía claro que quería que mi vida cambiara. Llevo muchos años trabajando en ello, no es algo que sea de ahora.

Usted no es una desconocida, ni mucho menos, desde hace años, pero su explosión mediática tras los Juegos ha sido brutal. ¿Le añade presión?

A mi la popularidad es algo que no es lo que más me agrada. Lo que me gusta es pasar desapercibida. En petit comité soy la cachonda del grupo, la que más se ríe y más alto lo hace… Que eso me afecte a la hora de ir por la calle y ser yo misma es lo que peor llevo. Pero al fin y al cabo es algo que viene por mi deporte y mi trabajo, por haber conseguido algo grande. No me gusta mucho, pero estoy muy agradecida porque es por algo que yo me he trabajado. Tener reconocimiento gracias a mi esfuerzo diario es la leche. 

Obviamente la fama tiene cosas positivas y negativas, pero estoy feliz con cómo la vida me está tratando. No puedo decir otra cosa que tener palabras de agradecimiento por eso. No lo llevo mal porque no me creo más que nadie. Puedo ir por la calle y me conocen por todos lados, pero eso no quiere decir que yo sea más que la persona que me está sirviendo el café o que el director del banco. Ni más ni menos. Mis padres me han educado así. Como yo llevo esa filosofía por bandera tengo los pies en la tierra. Se me subieron más en 2012, después de ser campeona del mundo, que no supe gestionarlo. Era muy joven, venía de mi pueblo… Ahora sí. Tengo pocos amigos, los que están a mi lado desde siempre y sé los que están solo cuando vienen los buenos momentos y la fama. Como tengo las cosas muy claras, no me da vértigo.

Esta fama le ha traído ‘haters’… ¿Piensa mucho lo que dice para no alimentarlos?

Antes sí soltaba las cosas por la boca sin pensarlas, pero ahora no. Dicen: ‘es que Ana no se muerde la lengua’. Sí me la muerdo, muchísimo. Podría ser mucho más ‘hater’, más radical en muchos más comentarios y más sincera, pero no lo soy porque no me interesa serlo. Hay ciertos temas en los que no se debe morder la lengua nadie. Y porque nos la mordamos, así nos va. Si mucha más gente tuviera esa libertad y no tuviera el miedo al qué dirán… No. 


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Yo he sido una persona que siempre o te he caído muy bien o te caigo muy mal. Me cuesta encontrar a alguien que diga: ‘Ana Peleteiro, meh’. Si te gusto, es mucho o nada. Para lo bueno y lo malo. Yo soy muy real, y prefiero tener a gente que me diga: ‘Mira, tía, me caes mal porque me pareces gilipollas’. Tiene que haber de todo en este mundo y tiene que haber de todo en este mundo gracias a Dios, como decía mi abuela. Yo tengo amigos y conocidos que piensan totalmente diferente a mi y no son mis enemigos. En la diversidad hay riqueza, en diferentes opiniones, formas de ver la vida, actuar… 

Habrá deportistas que digan: ‘esta tía cómo se puede mostrar bailando, si los deportistas no bailamos’. Yo le digo: ‘Tú no bailas, yo bailo’. ¿Por qué no lo voy a mostrar, si estoy aburrida en mi casa, me dedico a entrenar e ir al fisio? Si me apetece meterme un meneo y echarme unas risas, lo hago. Y si a ti te apetece estar en tu casa metido en tu cama sin moverte, ole tú, ¿sabes? Te admiro, yo no soy capaz de mantenerme quieta. Hay que quitarle hierro a los asuntos y así la gente es más feliz. Desde que aprendí a focalizar menos en asuntos que no me pertenecen lo soy. Por eso puedo decir que a día de hoy las críticas no me afectan y cuando me regalan los oídos tampoco me lo creo mucho. Soy feliz porque me dedico a reírme con los míos y a escuchar los defectos y quejas que los míos puedan ver.

¿Cuál es la ‘foto’, el recuerdo o el mensaje de los Juegos que no olvidará?

El momento de los Juegos que me quedo, que recordaré toda mi vida y que contaré a mis hijos fue la primera llamada con mis padres. Verles la cara a la 1 de la mañana, hora de Tokio, que no sé ni qué hora era en España… Era de día, yo creo. Hablar con ellos, ver lo satisfechos que estaban… Ojalá el día de mañana tenga a mis hijos y en algún momento me hagan tan feliz como le hice yo a mis padres. Yo vivo fuera de casa desde los 17. Realmente ellos no han visto el sacrificio y la lucha de un deportista día a día, pero sí han vivido mis peores momentos: han visto cómo me quedaba fuera de los Juegos de Río, cómo estaba 10 kilos fuera de mi peso y me estaba replanteando dejar el deporte… Me han visto sufrir, llorar… 

Verlos en ese momento de felicidad pletórica, no hay nada por ahora más grande que ese momento. Fue brutal, porque encima no fue desde mi móvil, mi padre no me cogía el teléfono, le mandé un whatsapp desde otro teléfono, le expliqué que era yo, su móvil estaba saturado…

Una de las fotos de estos Juegos, para todo el mundo, fue su alegría cuando Yulimar Rojas ganó el oro y batió el récord del mundo.

Yo en ese momento no pensaba pensando en Yuli como rival, sino que yo ya tenía mi medalla y que mi compañera era campeona olímpica y que acababa de conseguir un récord que llevaba persiguiendo mucho tiempo y que le pertenecía. Al fin y al cabo yo entreno todos los días para ser mejor que Yuli, pero soy consciente de lo que entrena, de lo que se sacrifica a miles de kilómetros de su familia luchando por un objetivo. Como mínimo, tengo que empatizar con ella y ponerme en su lugar. 

Hoy vi una foto que me etiquetaron en Instagram con ella, y se ve en mi cara que no hay ni una pizca de falsedad. Fue 100% real, una reacción honesta. Fue el mejor momento de los Juegos Olímpicos, mejor que cuando pasé de 4ª a 3ª, mejor que el momento de la medalla… Fue ese momento en el que estábamos las dos contentas con el objetivo. El mío era conseguir una medalla, pero era muy difícil. El suyo era batir el récord olímpico y del mundo. Fue la hos… Fue surrealista. La palabra de los Juegos fue surrealismo puro y duro. Fue como el cuadro de la cara (‘El grito’, de Edvard Munch) (risas).

¿Cómo trabaja el factor mental? Sé que usted tiene a su lado a una persona de su confianza, un psicólogo…

No es un psicólogo deportivo como tal, es coach. Se llama Rebeca López y la terapia que yo uso es el ‘coaching’. Había practicado otro tipo de terapias y no me habían funcionado. No es solo la terapia, sino la persona. Yo con Rebeca he conseguido a un punto de conexión brutal. Decidí empezar a tratarme después de la cuarentena porque me di cuenta de que estaba sufriendo una depresión. Lo bueno del ‘coaching’ es que no te catalogan como algo, no te dicen ‘tienes depresión, tienes ansiedad’… Simplemente no estás bien, y vamos a trabajar para que vuelvas a ser tú y entiendas por qué estás así. 

Empezar terapia con ella fue un antes y un después no sólo profesional, porque ella me dio muchas claves y ejercicios que me sirvieron durante los Juegos y cómo gestionar entrenar con Yulimar, porque no es fácil. En lo personal también, especialmente en cómo afrontar los miedos y evadirme de cosas. Y de quererme mucho. Tomé decisiones en mi vida que hace cinco meses ni me hubiera planteado. En gran parte es gracias a ella. Cuando levanto el teléfono me atiende o tengo un pico de ansiedad por algo que me frustra, ella me da las claves. Ha sido tan importante como Iván, mis fisioterapeutas… es una pata más de la mesa.

«Decidí empezar a tratarme después de la cuarentena porque me di cuenta de que estaba sufriendo una depresión»

Otra foto de los Juegos: su alegría con Ray Zapata.

Fue la leche. Yo y Ray llevamos diez años siendo amigos. Vivimos juntos en el CAR y desde el primer momento fuimos grandes amigos. A la gente le hace gracia porque piensan que tenemos un ‘shippeo’ de la leche y jamás, jamás hemos tenido absolutamente nada. Ha sido amistad desde el primer momento. Igual que hay amor a primera vista, lo nuestro fue amistad a primera vista. Tanto es, que cuando se enteraron que iban a ser papás, el primer nombre en la mesa fue el mío. Su madre siempre me decía: ‘¡Yo te quiero en mi familia! ¿Cómo hacemos?’ ‘Y yo le decía que no podíamos. Tenemos que juntar a mis hijos con los de Ray en un futuro’. 

Llegó la pequeña Olimpia a nuestra vida y ahora formo parte de su familia. Con ellos me siento en familia. Estuvieron este verano en Galicia en casa. Esto estaba escrito. Su clasificación fue el día que yo llegué a Tokio, y su final fue diez días más tarde. Nunca hay tanta diferencia… ¡y su final fue el mismo día que mi final! Ni queriendo sale así. Yo salí de la Villa y lo primero que vi fue su diagonal. Cuando clavó, me piré de la habitación porque me tenía que ir a mi final y no quería ir sobreexcitada ni triste. Por desgracia o por suerte no se me quitó el wifi de un router portátil que llevaba un miembro del equipo nacional y me llegó la noticia de la plata. Yo quería que ganase el oro, pero saber que tenía medalla suponía que su vida iba a cambiar a mejor y ese era el objetivo para mi con Ray. Fui para la pista feliz, con una motivación de la leche y deseando ir a la Villa para darle… Yo se lo decía: ‘¡No te quería dar un abrazo, te quería dar un morreo porque un abrazo me sabía a poco!’. Y luego con mi noticia, fue la segunda persona a la que vi en la Villa… Y no hemos vuelto a hablar mucho de eso. Lo bueno de nuestra amistad es que no hablamos mucho de deporte, hablamos de ‘caralladas’, como se dice en Galicia. Estamos todo el día de coñas, de arriba abajo, con la niña… Desconectamos. Por eso nuestra amistad ha durado tanto, porque no hablamos de deporte y eso mola.

Lo bueno de nuestra amistad es que no hablamos mucho de deporte, hablamos de ‘caralladas’

Igual esas son las cosas más importantes, las intrascendentes.

De cosas importantes o no. Igual nos da para hablar del color de la etiqueta de la cerveza que estamos tomando (risas). Es importante desconectar, porque la gimnasia y el atletismo son deportes individuales muy duros y cuando estás con alguien para desconectar, es para eso. Si te cuento mis problemas, no lo haces. O si las cuento, son de mi vida personal, no como deportista. Y si hace falta también, pero Ray y yo siempre hemos estado en los peores momentos y eso es lo que caracteriza nuestra amistad. Juntos, somos mejores.

Le quedan al menos unos Juegos Olímpicos, los de París.

Y en Los Ángeles, por amor de Dios, que soy joven aún. Dame dos Juegos más.

Le iba a preguntar por el objetivo, pero me huelo que me va a decir que medalla.

Sí, claro, medalla. Como mínimo. No puedo aspirar a menos. Puedo llegar allí, conseguirlo o no, quedar cuarta o quinta con mejor marca personal y estaré contenta, ¿eh? Pero a día de hoy estoy entrenando más fuerte que hace unos meses porque quiero saltar más. Como mínimo tengo que aspirar a eso. París es una ciudad que me encanta y me encantaría ganar una medalla más, así que en París 2024 ojalá ver la mejor versión de Ana Peleteiro.

¿Se atreve a alguna promesa si gana medalla allí?

Lo que puedo decir es que Ana Peleteiro está entrenando más fuerte que nunca, más centrada que nunca, con más ambición que nunca y eso quiere decir que cuando estoy en ese ‘mood Terminator’ soy peligrosa. Si la salud me acompaña, el resto lo pongo yo al 100%. Espero que todo se cumpla.

Que sepa que gracias a usted mi madre ha empezado a ver atletismo.

¿En serio? Me alegro mucho. El otro día de camino a París, donde estoy, estaba esperando para embarcar, a mi me gusta esperar al final para pasar desapercibida, pero una niña me reconoció y vino a hablarme con su madre. Y me dijo: ‘Que sepas que lleva dos meses apuntada a atletismo porque estuvo viéndote en los Juegos y se volvió loca y quiere ser saltadora’. Que la gente vea atletismo gracias a mi trabajo es el mejor regalo, más que medallas, mñas que fama, más que seguidores… Si tu madre ve deporte y en este caso atletismo gracias a ti y gracias a mi trabajo, me hace una ilusión de la leche.

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