La carretera del Madrí a París

Fue al borde del descanso y el Madrí encallaba contra uno de esos equipos de Europa que no tienen ningún futbolista malo. La situación era perfecta porque comenzaba a volverse imposible: solo al borde del precipicio este equipo, entrenado por un italiano que se chuta chicles por no encenderse el puro, se siente a gusto. Para entonces todo comenzaba a ponerse tan jodido que Benzema y Casemiro rompieron a reír mientras bajaban andando hacia un córner. Una risa macabra tan al borde del patíbulo que hizo temblar a los jugadores del City, atiborrados de leyendas, de cantares de gesta del Bernabéu, el último reducto épico, junto a las plazas de toros, de la civilización.
Para un equipo que funda el último tramo de su historia reciente con un gol en el minuto 93 el relato de una Champions de las remontadas, capaz de superar en peso el gol de Ramos en Lisboa, sonaba a disparate. Pero pasó. El Madrí, ese equipo de la camiseta blanca, el escudo redondito y muchas Copas de Europa, que tuiteó Van Palomaain, construye su Kolimá hacia París con los restos de PSG, Chelsea y Manchester City. Equipos, como este último de Guardiola, que serán muy buenos, pero que se desprestigian presentándose en el Bernabéu para eliminar al Real Madrid de la Copa de Europa sin el escudo tallado en el pecho.
El gol de Mahrez en el 72 complicó todo aún más, es decir, lo puso todo más fácil. El estadio, lleno de señores poco ruidosos que portan el escudo hasta en el llavero, estalló a aplaudir al equipo esperando el milagro prometido. Cobraba sentido la peregrinación desde Cáceres, los 500 euros de la reventa, del bocadillo de tortilla apoyado en la Kangoo en una de esas carreteras secundarias donde perdió la vida Juanito. Pero el sueño se apagaba con una pandilla que parecía rendida con el cronómetro consumido.
Dicen los que han tenido un accidente de tráfico que hay un momento que todo es ruido y cristales rotos. Y que no se recuerda nada. Los goles de Rodrygo fueron eso en cada casa. Tres minutos inexplicables, esquizofrénicos, tatuables. El último rito colectivo que queda alrededor de la televisión, desplazadas las series a la individualidad. Para entonces, el gol en la prórroga ya estaba escrito.
Después todo se llena de momentos favoritos: la soledad de Guardiola en el banquillo, la tarascada de Ceballos, las galopadas de ese Seedorf en el que se convierte por momentos Camavinga, el abrazo de Carletto con Marcelo, el corrillo en el descanso de la prórroga con los jugadores ingleses deseando tener al entrenador del otro equipo o las paradas de Courtois, ese belga que para balones como el chino aquel tanques en Tiananmén. Suena a disparate, pero el próximo 28 de mayo, la fecha más importante del mundo, el Madrí puede levantar la Copa de Europa más bonita que jamás se alzó.

La carretera del Madrí a París

Fue al borde del descanso y el Madrí encallaba contra uno de esos equipos de Europa que no tienen ningún futbolista malo. La situación era perfecta porque comenzaba a volverse imposible: solo al borde del precipicio este equipo, entrenado por un italiano que se chuta chicles por no encenderse el puro, se siente a gusto. Para entonces todo comenzaba a ponerse tan jodido que Benzema y Casemiro rompieron a reír mientras bajaban andando hacia un córner. Una risa macabra tan al borde del patíbulo que hizo temblar a los jugadores del City, atiborrados de leyendas, de cantares de gesta del Bernabéu, el último reducto épico, junto a las plazas de toros, de la civilización. Para un equipo que funda el último tramo de su historia reciente con un gol en el minuto 93 el relato de una Champions de las remontadas, capaz de superar en peso el gol de Ramos en Lisboa, sonaba a disparate. Pero pasó. El Madrí, ese equipo de la camiseta blanca, el escudo redondito y muchas Copas de Europa, que tuiteó Van Palomaain, construye su Kolimá hacia París con los restos de PSG, Chelsea y Manchester City. Equipos, como este último de Guardiola, que serán muy buenos, pero que se desprestigian presentándose en el Bernabéu para eliminar al Real Madrid de la Copa de Europa sin el escudo tallado en el pecho. El gol de Mahrez en el 72 complicó todo aún más, es decir, lo puso todo más fácil. El estadio, lleno de señores poco ruidosos que portan el escudo hasta en el llavero, estalló a aplaudir al equipo esperando el milagro prometido. Cobraba sentido la peregrinación desde Cáceres, los 500 euros de la reventa, del bocadillo de tortilla apoyado en la Kangoo en una de esas carreteras secundarias donde perdió la vida Juanito. Pero el sueño se apagaba con una pandilla que parecía rendida con el cronómetro consumido. Dicen los que han tenido un accidente de tráfico que hay un momento que todo es ruido y cristales rotos. Y que no se recuerda nada. Los goles de Rodrygo fueron eso en cada casa. Tres minutos inexplicables, esquizofrénicos, tatuables. El último rito colectivo que queda alrededor de la televisión, desplazadas las series a la individualidad. Para entonces, el gol en la prórroga ya estaba escrito. Después todo se llena de momentos favoritos: la soledad de Guardiola en el banquillo, la tarascada de Ceballos, las galopadas de ese Seedorf en el que se convierte por momentos Camavinga, el abrazo de Carletto con Marcelo, el corrillo en el descanso de la prórroga con los jugadores ingleses deseando tener al entrenador del otro equipo o las paradas de Courtois, ese belga que para balones como el chino aquel tanques en Tiananmén. Suena a disparate, pero el próximo 28 de mayo, la fecha más importante del mundo, el Madrí puede levantar la Copa de Europa más bonita que jamás se alzó.

Fue al borde del descanso y el Madrí encallaba contra uno de esos equipos de Europa que no tienen ningún futbolista malo. La situación era perfecta porque comenzaba a volverse imposible: solo al borde del precipicio este equipo, entrenado por un italiano que se chuta chicles por no encenderse el puro, se siente a gusto. Para entonces todo comenzaba a ponerse tan jodido que Benzema y Casemiro rompieron a reír mientras bajaban andando hacia un córner. Una risa macabra tan al borde del patíbulo que hizo temblar a los jugadores del City, atiborrados de leyendas, de cantares de gesta del Bernabéu, el último reducto épico, junto a las plazas de toros, de la civilización.

Para un equipo que funda el último tramo de su historia reciente con un gol en el minuto 93 el relato de una Champions de las remontadas, capaz de superar en peso el gol de Ramos en Lisboa, sonaba a disparate. Pero pasó. El Madrí, ese equipo de la camiseta blanca, el escudo redondito y muchas Copas de Europa, que tuiteó Van Palomaain, construye su Kolimá hacia París con los restos de PSG, Chelsea y Manchester City. Equipos, como este último de Guardiola, que serán muy buenos, pero que se desprestigian presentándose en el Bernabéu para eliminar al Real Madrid de la Copa de Europa sin el escudo tallado en el pecho.

El gol de Mahrez en el 72 complicó todo aún más, es decir, lo puso todo más fácil. El estadio, lleno de señores poco ruidosos que portan el escudo hasta en el llavero, estalló a aplaudir al equipo esperando el milagro prometido. Cobraba sentido la peregrinación desde Cáceres, los 500 euros de la reventa, del bocadillo de tortilla apoyado en la Kangoo en una de esas carreteras secundarias donde perdió la vida Juanito. Pero el sueño se apagaba con una pandilla que parecía rendida con el cronómetro consumido.

Dicen los que han tenido un accidente de tráfico que hay un momento que todo es ruido y cristales rotos. Y que no se recuerda nada. Los goles de Rodrygo fueron eso en cada casa. Tres minutos inexplicables, esquizofrénicos, tatuables. El último rito colectivo que queda alrededor de la televisión, desplazadas las series a la individualidad. Para entonces, el gol en la prórroga ya estaba escrito.

Después todo se llena de momentos favoritos: la soledad de Guardiola en el banquillo, la tarascada de Ceballos, las galopadas de ese Seedorf en el que se convierte por momentos Camavinga, el abrazo de Carletto con Marcelo, el corrillo en el descanso de la prórroga con los jugadores ingleses deseando tener al entrenador del otro equipo o las paradas de Courtois, ese belga que para balones como el chino aquel tanques en Tiananmén. Suena a disparate, pero el próximo 28 de mayo, la fecha más importante del mundo, el Madrí puede levantar la Copa de Europa más bonita que jamás se alzó.

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