Qué duro es ver sufrir a Nadal

Qué duro es ver sufrir a Nadal. No estamos preparados y no lo estaremos nunca. Las lágrimas de su mujer, los gestos de su equipo, de su entrenador, Charly Moyá, en Australia, nos representan. Rafa estaba roto de dolor en la pista, pero aguantaba en pie ante McDonald porque, según sus propias palabras, quien defiende la corona debe evitar la retirada. Por duro que fuera el calvario en Melbourne, Nadal decidió seguir, y esa es una forma de perder que nos gana. Somos y seremos de Nadal también por su forma de perder, siempre elegante.
A estas alturas, 22 Grand Slams después, entiendo que haya mucha gente que pueda pensar que ya está bien. Esta otra cara de Rafa, la terrenal, la que le convierte en uno más del circuito, es dura de aceptar. El público quiere que la película tenga un final feliz. Y no hay duda de que el final, sea cuando sea, será feliz, pero el camino hacia ese día puede ser tortuoso.
El año pasado, tras su derrota en Roma frente a Shapovalov, justo antes de Roland Garros, todos nos pusimos en lo peor. Su relato de cómo convivía con el dolor, la necesidad de antiinflamatorios para poder entrenarse cada día y el agotamiento mental que producen tantos años de alta competición, era demasiado sincero. Pensábamos que París sería la última parada de este tren. Y, sin embargo, una vez más, Nadal resurgió: ganó un partido épico a Djokovic en cuartos de final y levantó la copa arrasando a Casper Rud en la final.
Pensábamos que París sería la última parada de este tren. Y, sin embargo, una vez más, Nadal resurgió»
Ahora, estamos en una situación similar, quizá no tan cruda en el mensaje, pero con peor perspectiva. Ha pasado casi un año, su cuerpo sigue enviando señales de agotamiento a todos los niveles y sus rivales ya saltan a la pista pensando que es posible ganarle a Rafa. Antes lo hacían con el objetivo de perder dignamente y de jugar a una lotería que muy pocas veces tocaba. Ya no. E insisto, ha pasado casi un año.
Ha sido él mismo, en una conferencia de prensa después de la derrota, el que ha dicho que el vaso se está llenando, gota a gota, y que cualquier día rebosará. Y que mentalmente está destrozado. Lo dice sacando de dentro todo el dolor emocional, pero quedándose para sí el dolor físico que cada día le impide ejercer su trabajo con normalidad.
Tengo muchas dudas sobre cuál sería el resultado de una encuesta con esta pregunta: ¿quiere usted que Nadal siga compitiendo? Seguro que un alto porcentaje diría que no quiere verle sufrir, que quiere recordarle levantando el puño después de puntos imposibles. Yo quizá estoy ahí. Le admiro tanto y le agradezco tanto lo que me ha hecho disfrutar los últimos 20 años que solo pido para él la felicidad plena y cada vez sospecho más que esa felicidad ya no está en la pista.

Qué duro es ver sufrir a Nadal

Qué duro es ver sufrir a Nadal. No estamos preparados y no lo estaremos nunca. Las lágrimas de su mujer, los gestos de su equipo, de su entrenador, Charly Moyá, en Australia, nos representan. Rafa estaba roto de dolor en la pista, pero aguantaba en pie ante McDonald porque, según sus propias palabras, quien defiende la corona debe evitar la retirada. Por duro que fuera el calvario en Melbourne, Nadal decidió seguir, y esa es una forma de perder que nos gana. Somos y seremos de Nadal también por su forma de perder, siempre elegante. A estas alturas, 22 Grand Slams después, entiendo que haya mucha gente que pueda pensar que ya está bien. Esta otra cara de Rafa, la terrenal, la que le convierte en uno más del circuito, es dura de aceptar. El público quiere que la película tenga un final feliz. Y no hay duda de que el final, sea cuando sea, será feliz, pero el camino hacia ese día puede ser tortuoso. El año pasado, tras su derrota en Roma frente a Shapovalov, justo antes de Roland Garros, todos nos pusimos en lo peor. Su relato de cómo convivía con el dolor, la necesidad de antiinflamatorios para poder entrenarse cada día y el agotamiento mental que producen tantos años de alta competición, era demasiado sincero. Pensábamos que París sería la última parada de este tren. Y, sin embargo, una vez más, Nadal resurgió: ganó un partido épico a Djokovic en cuartos de final y levantó la copa arrasando a Casper Rud en la final. Pensábamos que París sería la última parada de este tren. Y, sin embargo, una vez más, Nadal resurgió" Ahora, estamos en una situación similar, quizá no tan cruda en el mensaje, pero con peor perspectiva. Ha pasado casi un año, su cuerpo sigue enviando señales de agotamiento a todos los niveles y sus rivales ya saltan a la pista pensando que es posible ganarle a Rafa. Antes lo hacían con el objetivo de perder dignamente y de jugar a una lotería que muy pocas veces tocaba. Ya no. E insisto, ha pasado casi un año. Ha sido él mismo, en una conferencia de prensa después de la derrota, el que ha dicho que el vaso se está llenando, gota a gota, y que cualquier día rebosará. Y que mentalmente está destrozado. Lo dice sacando de dentro todo el dolor emocional, pero quedándose para sí el dolor físico que cada día le impide ejercer su trabajo con normalidad. Tengo muchas dudas sobre cuál sería el resultado de una encuesta con esta pregunta: ¿quiere usted que Nadal siga compitiendo? Seguro que un alto porcentaje diría que no quiere verle sufrir, que quiere recordarle levantando el puño después de puntos imposibles. Yo quizá estoy ahí. Le admiro tanto y le agradezco tanto lo que me ha hecho disfrutar los últimos 20 años que solo pido para él la felicidad plena y cada vez sospecho más que esa felicidad ya no está en la pista.

Qué duro es ver sufrir a Nadal. No estamos preparados y no lo estaremos nunca. Las lágrimas de su mujer, los gestos de su equipo, de su entrenador, Charly Moyá, en Australia, nos representan. Rafa estaba roto de dolor en la pista, pero aguantaba en pie ante McDonald porque, según sus propias palabras, quien defiende la corona debe evitar la retirada. Por duro que fuera el calvario en Melbourne, Nadal decidió seguir, y esa es una forma de perder que nos gana. Somos y seremos de Nadal también por su forma de perder, siempre elegante.

A estas alturas, 22 Grand Slams después, entiendo que haya mucha gente que pueda pensar que ya está bien. Esta otra cara de Rafa, la terrenal, la que le convierte en uno más del circuito, es dura de aceptar. El público quiere que la película tenga un final feliz. Y no hay duda de que el final, sea cuando sea, será feliz, pero el camino hacia ese día puede ser tortuoso.

El año pasado, tras su derrota en Roma frente a Shapovalov, justo antes de Roland Garros, todos nos pusimos en lo peor. Su relato de cómo convivía con el dolor, la necesidad de antiinflamatorios para poder entrenarse cada día y el agotamiento mental que producen tantos años de alta competición, era demasiado sincero. Pensábamos que París sería la última parada de este tren. Y, sin embargo, una vez más, Nadal resurgió: ganó un partido épico a Djokovic en cuartos de final y levantó la copa arrasando a Casper Rud en la final.

Pensábamos que París sería la última parada de este tren. Y, sin embargo, una vez más, Nadal resurgió»

Ahora, estamos en una situación similar, quizá no tan cruda en el mensaje, pero con peor perspectiva. Ha pasado casi un año, su cuerpo sigue enviando señales de agotamiento a todos los niveles y sus rivales ya saltan a la pista pensando que es posible ganarle a Rafa. Antes lo hacían con el objetivo de perder dignamente y de jugar a una lotería que muy pocas veces tocaba. Ya no. E insisto, ha pasado casi un año.

Ha sido él mismo, en una conferencia de prensa después de la derrota, el que ha dicho que el vaso se está llenando, gota a gota, y que cualquier día rebosará. Y que mentalmente está destrozado. Lo dice sacando de dentro todo el dolor emocional, pero quedándose para sí el dolor físico que cada día le impide ejercer su trabajo con normalidad.

Tengo muchas dudas sobre cuál sería el resultado de una encuesta con esta pregunta: ¿quiere usted que Nadal siga compitiendo? Seguro que un alto porcentaje diría que no quiere verle sufrir, que quiere recordarle levantando el puño después de puntos imposibles. Yo quizá estoy ahí. Le admiro tanto y le agradezco tanto lo que me ha hecho disfrutar los últimos 20 años que solo pido para él la felicidad plena y cada vez sospecho más que esa felicidad ya no está en la pista.

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