Vall D’Aran by UTMB: una carrera en el paraíso vigilada por ángeles de la guarda

Vall D’Aran es un pequeño paraíso. Paredes de roca interminables, verde hasta donde se pierde la vista y lagos transparentes. Faltan Heidi y Pedro. Un espectáculo natural al que, un fin de semana al año, se añade una procesión de luciérnagas, miles de ellas, que durante 48 horas circulan por sus dominios, puntos insignificantes pero cada uno propietario de una historia digna de contar. Son los atletas de montaña, trail runners como se hacen llamar también, listos para correr una de las mayores y mejores carreras que existan, Vall D’Aran by UTMB.
Para tal ocasión, Vielha viste sus mejores galas y acoge a más de 4.000 atletas de 75 países diferentes que tomarán parte en distancias desde los 13 kilómetros hasta los 161, palabras mayores. La dimensión de la prueba y las circunstancias exigen una logística organizativa a la altura: vigilar a más de 2.500 personas circulando dos noches por el valle en torturas físicas superiores a las 40 horas conlleva un riesgo a tener muy en cuenta y Xavi Pocino, alma y director de la carrera, lo sabe: «Desde que acabó la carrera del año pasado ya estamos preparando esta. Hay que tener todo muy organizado y controlado, voluntarios, sanitarios, posibles evacuaciones, comunicaciones… todo». Le esperan 72 horas sin dormir desde este mismo jueves, inicio de la PDA, 55 kilómetros y varios miles de metros en desnivel acumulado.
Un equipo médico a menos de media hora
En la pantalla del centro de control parpadean luces de colores en el mapa que dibuja el valle: cada destello es información, un atleta que comienza su carrera, uno que acaba, otro que duda y un último que se rinde. Uno de los traductores es Salvador Sarrá, Director de Urgencias del Hospital Universitario San Joan (Reus) y en sus tiempos libres y como voluntario, importante el detalle, Jefe Médico de la carrera. A estas horas, ya no puede parar, vigilando y coordinando a un equipo de 30 personas, entre médicos y enfermeros, que se reparte por todo el valle: «El objetivo es que el atleta siempre tenga a un equipo como máximo a media hora».
Todo el valle está repartido y medido en cuadrículas que los equipos conocen de memoria, para acudir de inmediato cuando llega la alerta, que llegará. «Están preparados para cualquier tipo de urgencia, fracturas, abrir vías, todo tipo de crisis». Y es Salva el encargado de tomar las decisiones vitales, y en apenas segundos: «Cuando me llaman los médicos o los corredores yo les escucho y decido un tratamiento determinado o si hace falta una evacuación. Puede ser simple cansancio, heridas, un estómago cerrado o algo más grave y hay que saber decidir porque a veces los corredores son un poco quejicas y te exigen una evacuación por una torcedura. No se puede movilizar al helicóptero por algo así, porque imagínate que algún atleta tiene un problema más grave».
El tópico de la imprudencia no tarda en salir en la conversación: «Hay una mayoría responsable, pero también te puedes encontrar a alguien que se enfada por tener que llevar la manta térmica, 100 gramos que te pueden salvar la vida allí arriba. También se ha producido un fenómeno y es el trasvase de muchos atletas de asfalto a la montaña, y muchos no saben lo que es la montaña».
También en Salva recae a veces la responsabilidad de tomar las decisiones más drásticas, como suspender la carrera: «Si lo tengo que hacer por cuestiones médicas, a mi me importa un rábano la carrera, lo primero es la salud y seguridad de los corredores».
La leyenda de las segundas noches
La tensión en el centro de control aumenta con la noche, y especialmente cuando llega la segunda noche de los corredores de las distancias largas: «Por un lado de noche el atleta va más despacio pero también, obvio, ve menos y la temperatura corporal cambia». Al cansancio se añade entonces un enemigo casi imbatible, el sueño, y evitarlo provoca entonces las temidas alucinaciones, leyenda urbana 100% real en estas carreras: «Los corredores ven cosas que no existen, porque el cerebro tiene un límite y la falta de sueño es un veneno. En esos momentos hay que estar muy alerta a la situación del atleta y, si hace falta, pararlo».
Aún más nervioso que Salva está Ferrán Calvet, director ejecutivo de la carrera, otro de los capos que todo lo ve. Lleva doce meses controlando el recorrido, viendo los pasos de corredores y tomando decisiones, como suprimir la parte técnica en Colomers, una pared de piedras gigantescas, paraíso o infierno según quién te lo cuente: «Es una zona que muchos corredores hacen de noche y es tan preciosa como arriesgada, por eso este año hemos preferido quitarla».
Ferrán queda al mando de toda la logística, más de 80 personas, comunicación por radio y satélite, bomberos, mossos, voluntarios, transportes… y podríamos seguir enumerando tres o cuatro líneas más. La tecnología echa también una mano importante, a él y a los atletas, para que todo discurra sin sobresaltos: «Con el software de livetrail hacemos un seguimiento al atleta y nos va prediciendo su tiempo de paso por cada punto. Si el atleta tarda en llegar se van activando sistemas de alertas: le llamamos a él si vemos que no llega, llamamos a los atletas de alrededor si él no contesta y, si seguimos sin localizarlo, mandamos un equipo médico. El corredor tiene que disfrutar con seguridad, limitando los riesgos».
La primera norma para disfrutar de una aventura de esta talla es la introspección: «Los corredores suelen ser obedientes, pero tienen que ser conscientes de donde se meten y de sus capacidades. Uno no puede de repente así porque así apuntarse a una carrera de 50 o 100 kilómetros en la montaña, un medio precioso que puede ser adverso y cambiar en minutos».
Tanto Xavi, como Ferrán o Salva han comenzado ya su propia carrera de montaña, cuatro días ejerciendo de ángeles de la guarda de 4.000 locos que invadirán los dominios del Valle D’Aran. Llevan 365 días vigilando cada palmo de la carrera para que al corredor solo le quede la opción de pasarlo bien. Y el lunes, cuando cada mochuelo vuelva a su olivo, ellos volverán a la montaña, pensando en 2023.

Vall D’Aran by UTMB: una carrera en el paraíso vigilada por ángeles de la guarda

Vall D'Aran es un pequeño paraíso. Paredes de roca interminables, verde hasta donde se pierde la vista y lagos transparentes. Faltan Heidi y Pedro. Un espectáculo natural al que, un fin de semana al año, se añade una procesión de luciérnagas, miles de ellas, que durante 48 horas circulan por sus dominios, puntos insignificantes pero cada uno propietario de una historia digna de contar. Son los atletas de montaña, trail runners como se hacen llamar también, listos para correr una de las mayores y mejores carreras que existan, Vall D'Aran by UTMB. Para tal ocasión, Vielha viste sus mejores galas y acoge a más de 4.000 atletas de 75 países diferentes que tomarán parte en distancias desde los 13 kilómetros hasta los 161, palabras mayores. La dimensión de la prueba y las circunstancias exigen una logística organizativa a la altura: vigilar a más de 2.500 personas circulando dos noches por el valle en torturas físicas superiores a las 40 horas conlleva un riesgo a tener muy en cuenta y Xavi Pocino, alma y director de la carrera, lo sabe: "Desde que acabó la carrera del año pasado ya estamos preparando esta. Hay que tener todo muy organizado y controlado, voluntarios, sanitarios, posibles evacuaciones, comunicaciones... todo". Le esperan 72 horas sin dormir desde este mismo jueves, inicio de la PDA, 55 kilómetros y varios miles de metros en desnivel acumulado. Un equipo médico a menos de media hora En la pantalla del centro de control parpadean luces de colores en el mapa que dibuja el valle: cada destello es información, un atleta que comienza su carrera, uno que acaba, otro que duda y un último que se rinde. Uno de los traductores es Salvador Sarrá, Director de Urgencias del Hospital Universitario San Joan (Reus) y en sus tiempos libres y como voluntario, importante el detalle, Jefe Médico de la carrera. A estas horas, ya no puede parar, vigilando y coordinando a un equipo de 30 personas, entre médicos y enfermeros, que se reparte por todo el valle: "El objetivo es que el atleta siempre tenga a un equipo como máximo a media hora". Todo el valle está repartido y medido en cuadrículas que los equipos conocen de memoria, para acudir de inmediato cuando llega la alerta, que llegará. "Están preparados para cualquier tipo de urgencia, fracturas, abrir vías, todo tipo de crisis". Y es Salva el encargado de tomar las decisiones vitales, y en apenas segundos: "Cuando me llaman los médicos o los corredores yo les escucho y decido un tratamiento determinado o si hace falta una evacuación. Puede ser simple cansancio, heridas, un estómago cerrado o algo más grave y hay que saber decidir porque a veces los corredores son un poco quejicas y te exigen una evacuación por una torcedura. No se puede movilizar al helicóptero por algo así, porque imagínate que algún atleta tiene un problema más grave". El tópico de la imprudencia no tarda en salir en la conversación: "Hay una mayoría responsable, pero también te puedes encontrar a alguien que se enfada por tener que llevar la manta térmica, 100 gramos que te pueden salvar la vida allí arriba. También se ha producido un fenómeno y es el trasvase de muchos atletas de asfalto a la montaña, y muchos no saben lo que es la montaña". También en Salva recae a veces la responsabilidad de tomar las decisiones más drásticas, como suspender la carrera: "Si lo tengo que hacer por cuestiones médicas, a mi me importa un rábano la carrera, lo primero es la salud y seguridad de los corredores". La leyenda de las segundas noches La tensión en el centro de control aumenta con la noche, y especialmente cuando llega la segunda noche de los corredores de las distancias largas: "Por un lado de noche el atleta va más despacio pero también, obvio, ve menos y la temperatura corporal cambia". Al cansancio se añade entonces un enemigo casi imbatible, el sueño, y evitarlo provoca entonces las temidas alucinaciones, leyenda urbana 100% real en estas carreras: "Los corredores ven cosas que no existen, porque el cerebro tiene un límite y la falta de sueño es un veneno. En esos momentos hay que estar muy alerta a la situación del atleta y, si hace falta, pararlo". Aún más nervioso que Salva está Ferrán Calvet, director ejecutivo de la carrera, otro de los capos que todo lo ve. Lleva doce meses controlando el recorrido, viendo los pasos de corredores y tomando decisiones, como suprimir la parte técnica en Colomers, una pared de piedras gigantescas, paraíso o infierno según quién te lo cuente: "Es una zona que muchos corredores hacen de noche y es tan preciosa como arriesgada, por eso este año hemos preferido quitarla". Ferrán queda al mando de toda la logística, más de 80 personas, comunicación por radio y satélite, bomberos, mossos, voluntarios, transportes... y podríamos seguir enumerando tres o cuatro líneas más. La tecnología echa también una mano importante, a él y a los atletas, para que todo discurra sin sobresaltos: "Con el software de livetrail hacemos un seguimiento al atleta y nos va prediciendo su tiempo de paso por cada punto. Si el atleta tarda en llegar se van activando sistemas de alertas: le llamamos a él si vemos que no llega, llamamos a los atletas de alrededor si él no contesta y, si seguimos sin localizarlo, mandamos un equipo médico. El corredor tiene que disfrutar con seguridad, limitando los riesgos". La primera norma para disfrutar de una aventura de esta talla es la introspección: "Los corredores suelen ser obedientes, pero tienen que ser conscientes de donde se meten y de sus capacidades. Uno no puede de repente así porque así apuntarse a una carrera de 50 o 100 kilómetros en la montaña, un medio precioso que puede ser adverso y cambiar en minutos". Tanto Xavi, como Ferrán o Salva han comenzado ya su propia carrera de montaña, cuatro días ejerciendo de ángeles de la guarda de 4.000 locos que invadirán los dominios del Valle D'Aran. Llevan 365 días vigilando cada palmo de la carrera para que al corredor solo le quede la opción de pasarlo bien. Y el lunes, cuando cada mochuelo vuelva a su olivo, ellos volverán a la montaña, pensando en 2023.

Vall D’Aran es un pequeño paraíso. Paredes de roca interminables, verde hasta donde se pierde la vista y lagos transparentes. Faltan Heidi y Pedro. Un espectáculo natural al que, un fin de semana al año, se añade una procesión de luciérnagas, miles de ellas, que durante 48 horas circulan por sus dominios, puntos insignificantes pero cada uno propietario de una historia digna de contar. Son los atletas de montaña, trail runners como se hacen llamar también, listos para correr una de las mayores y mejores carreras que existan, Vall D’Aran by UTMB.

Para tal ocasión, Vielha viste sus mejores galas y acoge a más de 4.000 atletas de 75 países diferentes que tomarán parte en distancias desde los 13 kilómetros hasta los 161, palabras mayores. La dimensión de la prueba y las circunstancias exigen una logística organizativa a la altura: vigilar a más de 2.500 personas circulando dos noches por el valle en torturas físicas superiores a las 40 horas conlleva un riesgo a tener muy en cuenta y Xavi Pocino, alma y director de la carrera, lo sabe: «Desde que acabó la carrera del año pasado ya estamos preparando esta. Hay que tener todo muy organizado y controlado, voluntarios, sanitarios, posibles evacuaciones, comunicaciones… todo». Le esperan 72 horas sin dormir desde este mismo jueves, inicio de la PDA, 55 kilómetros y varios miles de metros en desnivel acumulado.

Un equipo médico a menos de media hora

En la pantalla del centro de control parpadean luces de colores en el mapa que dibuja el valle: cada destello es información, un atleta que comienza su carrera, uno que acaba, otro que duda y un último que se rinde. Uno de los traductores es Salvador Sarrá, Director de Urgencias del Hospital Universitario San Joan (Reus) y en sus tiempos libres y como voluntario, importante el detalle, Jefe Médico de la carrera. A estas horas, ya no puede parar, vigilando y coordinando a un equipo de 30 personas, entre médicos y enfermeros, que se reparte por todo el valle: «El objetivo es que el atleta siempre tenga a un equipo como máximo a media hora».

Todo el valle está repartido y medido en cuadrículas que los equipos conocen de memoria, para acudir de inmediato cuando llega la alerta, que llegará. «Están preparados para cualquier tipo de urgencia, fracturas, abrir vías, todo tipo de crisis«. Y es Salva el encargado de tomar las decisiones vitales, y en apenas segundos: «Cuando me llaman los médicos o los corredores yo les escucho y decido un tratamiento determinado o si hace falta una evacuación. Puede ser simple cansancio, heridas, un estómago cerrado o algo más grave y hay que saber decidir porque a veces los corredores son un poco quejicas y te exigen una evacuación por una torcedura. No se puede movilizar al helicóptero por algo así, porque imagínate que algún atleta tiene un problema más grave».

El tópico de la imprudencia no tarda en salir en la conversación: «Hay una mayoría responsable, pero también te puedes encontrar a alguien que se enfada por tener que llevar la manta térmica, 100 gramos que te pueden salvar la vida allí arriba. También se ha producido un fenómeno y es el trasvase de muchos atletas de asfalto a la montaña, y muchos no saben lo que es la montaña«.

También en Salva recae a veces la responsabilidad de tomar las decisiones más drásticas, como suspender la carrera: «Si lo tengo que hacer por cuestiones médicas, a mi me importa un rábano la carrera, lo primero es la salud y seguridad de los corredores».

La leyenda de las segundas noches

La tensión en el centro de control aumenta con la noche, y especialmente cuando llega la segunda noche de los corredores de las distancias largas: «Por un lado de noche el atleta va más despacio pero también, obvio, ve menos y la temperatura corporal cambia». Al cansancio se añade entonces un enemigo casi imbatible, el sueño, y evitarlo provoca entonces las temidas alucinaciones, leyenda urbana 100% real en estas carreras: «Los corredores ven cosas que no existen, porque el cerebro tiene un límite y la falta de sueño es un veneno. En esos momentos hay que estar muy alerta a la situación del atleta y, si hace falta, pararlo».

Aún más nervioso que Salva está Ferrán Calvet, director ejecutivo de la carrera, otro de los capos que todo lo ve. Lleva doce meses controlando el recorrido, viendo los pasos de corredores y tomando decisiones, como suprimir la parte técnica en Colomers, una pared de piedras gigantescas, paraíso o infierno según quién te lo cuente: «Es una zona que muchos corredores hacen de noche y es tan preciosa como arriesgada, por eso este año hemos preferido quitarla».

Ferrán queda al mando de toda la logística, más de 80 personas, comunicación por radio y satélite, bomberos, mossos, voluntarios, transportes… y podríamos seguir enumerando tres o cuatro líneas más. La tecnología echa también una mano importante, a él y a los atletas, para que todo discurra sin sobresaltos: «Con el software de livetrail hacemos un seguimiento al atleta y nos va prediciendo su tiempo de paso por cada punto. Si el atleta tarda en llegar se van activando sistemas de alertas: le llamamos a él si vemos que no llega, llamamos a los atletas de alrededor si él no contesta y, si seguimos sin localizarlo, mandamos un equipo médico. El corredor tiene que disfrutar con seguridad, limitando los riesgos».

La primera norma para disfrutar de una aventura de esta talla es la introspección: «Los corredores suelen ser obedientes, pero tienen que ser conscientes de donde se meten y de sus capacidades. Uno no puede de repente así porque así apuntarse a una carrera de 50 o 100 kilómetros en la montaña, un medio precioso que puede ser adverso y cambiar en minutos».

Tanto Xavi, como Ferrán o Salva han comenzado ya su propia carrera de montaña, cuatro días ejerciendo de ángeles de la guarda de 4.000 locos que invadirán los dominios del Valle D’Aran. Llevan 365 días vigilando cada palmo de la carrera para que al corredor solo le quede la opción de pasarlo bien. Y el lunes, cuando cada mochuelo vuelva a su olivo, ellos volverán a la montaña, pensando en 2023.